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Once voluntarios y 30 alumnos ucranianos en el programa de clases de castellano de Tantaka

Los voluntarios de Tecnun cuentan su experiencia 88 días después


FotoPaula Berroa/Dmytro Hlukhov, doctorando ucraniano y voluntario del proyecto, enseña el término "entender" a los estudiantes

13 | 06 | 2022

Hace 88 días una quincena de ucranianos llegaban a Tecnun para aprender castellano. Entre ellos, cinco niños, un hombre de Uzbekistán con su mujer, un adolescente de 17 años y una decena de mujeres de edades variadas desde los 19 hasta los 70 años.

Dmytro Hlukhov, alumno de doctorado de Tecnun y voluntario ucraniano de la agrupación Vostok Lira, detectó la enorme necesidad que tenían de aprender castellano. “Llevaban 10 días aquí y una vez que había pasado el estrés del viaje y estaban más tranquilos, pensé: ¿Y, ahora qué? Tenemos que hacer algo, ni podemos ni pueden estar parados”, se sincera.

Contactó con Tantaka-Tecnun, Banco de Tiempo Solidario de la Escuela, y en dos días un equipo de voluntarios puso en marcha un programa de clases. La primera toma de contacto tuvo lugar un 18 de marzo en el Aula de Grados de Tecnun. “Me dio un vuelco al corazón cuando ese día, durante las presentaciones, escuché a una mujer decir que trabajaba en banca como yo, porque pensé que perfectamente podría ser yo la que estuviera al otro lado”, reflexiona Ana Arrondo, madre de un alumno de Tecnun.

Dmytro Hlukhov, conocido como Dima, es quien hace de traductor desde el primer día. Les acogió y explicó la metodología del curso y que la actividad tendría lugar en los locales de la Parroquia del Espíritu Santo los lunes y miércoles por la tarde. Conocieron a quienes serían sus profesores: a los docentes de Tecnun Adam Podhorski, Ainhoa Rezola y Paz Morer, a la ya citada Ana Arrondo, a la estudiante de 3º Lara Zamora y a Silvina, quien conoció el proyecto mediante Soledad Abad, responsable de Alumni en Tecnun.

La principal dificultad, explica Hlukhov, es que “desde el primer momento sabíamos que teníamos que reducir el material de un año a cinco meses porque muchos probablemente iban a querer regresar a su país o a encontrar un trabajo y tener que dejar las clases”.  El objetivo del curso es darles herramientas para que puedan desenvolverse en la calle, lo que el doctorando denomina “un lenguaje de supervivencia” que a veces obliga a los voluntarios a saltarse conceptos y a pedirles que los estudien por su cuenta.

Un profesor con experiencia en impartir clases de castellano a personas extranjeras les recomendó utilizar el manual “Tejiendo el español del nivel A 1”. Con el libro como guía, cada semana los voluntarios preparan su clase y anotan dónde lo han dejado para que la continúe el próximo.  Desde el principio, surgió una división natural de los grupos. Los que tenían más nivel se fueron con Paz Morer y Adam Podhorski y Ana Arrondo y Ainhoa Rezola asumieron el grupo de menor nivel. Lara Zamora y Silvina tuvieron que adaptar las clases para los más pequeños optando por juegos y dibujos con los que empezar a enseñarles los colores, las partes del cuerpo humano o los números.

Adam Podhorski y Ainhoa Rezola en sus respectivos grupos
 

Zamora, al igual que el resto de voluntarios, reconoce que “obviamente nunca había dado clases a personas que no tienen ni idea del idioma”. Pero en lugar de atascarse y pensar que iba a ser un “problemón” optó por ponerle “más amor, más creatividad y más esfuerzo para que estos niños vieran que les íbamos a acoger de verdad”.  Habló con su colegio de la infancia de Barcelona, con los colegios de la ciudad Eskibel y Erain y con los colegios mayores Jaizkibel y Ayete pidiendo ayuda, y consiguió todo tipo de libros, bolígrafos, pinturas, estuches y cuadernos con las que sacar adelante las clases.

“Un día llegaron y me dijeron los números hasta el 120 y pensé: qué nivel, que ganas de aprender”. Estar con ellos, cuenta, le ha parecido increíble y una de las experiencias más bonitas de su vida. “He crecido. He visto que son personas que no tienen casa, que tienen a sus padres fuera, pero la alegría y la sonrisa que tienen en la cara ojalá la tuviéramos muchos”, reflexiona.  “Se me ponía la piel de gallina cuando cantaban el himno de Ucrania casi con la mano en el corazón, o cuando les decía que cogieran el color que quisieran y escogían el azul y el amarillo. Ahí palpas lo que esos niños están viviendo. Igual no son tan conscientes del conflicto político, pero, ¿quién no es consciente de que ya no tiene casa?, continúa.


 

Arrondo recuerda que se lanzó al proyecto por su amor por los idiomas “sin saber qué se iba a encontrar, pero con la gran ilusión de suplir una necesidad en unas personas y ayudarles a que fueran un poquito autosuficientes”. Para ella cada semana es más ilusionante y ve que está “asentado”. 

Hay gente siempre fija, pero algunos fallan por trabajo o han regresado a Ucrania. Otros, sin embargo, se han ido sumando y lo que empezó con 15 alumnos ha pasado a 30 y a once voluntarios a medida que el curso ha ido avanzando. El boca a boca ha traído a nuevos integrantes ucranianos, bien a través de Tantaka por personas que tienen a ucranianos en acogida y llaman a Tecnun, o bien a través de la agrupación Vostok Lira, con “Dima” como interlocutor.

Arrondo destaca el compromiso y agradecimiento de todos ellos aunque haya muchas “cosas detrás” que los voluntarios nunca lleguen a saber.  "Es gente que ya puede estar cansada o frustrada que, si se ponen, se ponen. Por eso no me importa repetir y repetir los conceptos”, reconoce. “Hay dos, por ejemplo, que son cocineros de profesión y que, aunque tienen unas jornadas densas, vienen en sus tres horas de descanso”.


 

Aunque lo más difícil sigue siendo que no existe un lenguaje vehicular porque no saben inglés ni castellano, los voluntarios ven avances. Avances y voluntad en personas que incluso con 60 años se han visto obligadas a aprender un idioma desde cero. Por su parte, las alumnas sonríen cuando se les pregunta por la organización del curso y por la “nota” que pondrían a sus profesores del 1 al 10. Entre risas, y dejando ver que entienden más de lo que hablan, puntúan con un 12 a sus maestros.

 “Hemos hecho una familia, una piña entre todos.  Y te das cuenta de que cuando decides ser voluntaria te comprometes con todo, aceptas una serie de cosas porque hay unas personas que están dependiendo de ti.  Y si estás, tienes que estar al cien por cien y no a medias, y menos en una cosa tan delicada en la que estás ofreciendo tu tiempo, que es lo más valioso que tenemos”, concluye la estudiante.

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